A veces como un moneda
se encendía el sol entre mis manos
Pablo Neruda
Ella era el Sol, en su infinita ambigüedad, en su totalidad sin fin. Principio masculino, diurno y meridiano, y luz. Ella era el Sol, mujer y hombre a la vez; carne y palabra conjugados en formas de imprecisa dulzura, de súbita violencia; amada acogedora para un amante inquieto; sobrecogido amado de una amante lasciva; hembra para el varón que se rendía; varón audaz, embravecido y claro, para la hembra que apenas despertaba. Ella era el Sol que se moría, y no la noche naciente y estrellada. No era blanca de luz sideral o negra de universo insondable; era roja de piel ruborizada y de garganta abierta o surtidor de sangre; era roja de astro dominante, poderoso en el centro de su misma agonía; roja como aquel Sol que se fundía, ahogándose, tal vez igual que ella, en su deseo y su melancolía.
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