miércoles, 18 de noviembre de 2009

LOS ESPEJOS

Por la calle se miraba constantemente en todos los cristales y aparadores. Le gustaban especialmente los de los bancos, completamente negros de tan pulidos y reflectantes, porque eran auténticos espejos, espejos de primera categoría; aunque también le producían inquietud: desde fuera no dejaban ver lo de dentro y, en cambio, permitían desde dentro ver lo de fuera, de tal manera que la calle se convertía en una suerte de sala de interrogatorios o de cabina para ruedas de reconocimiento. Más de una vez imaginó a alguien del otro lado y se sintió vulnerable. Alguien que espiaba sus gestos, sus miradas furtivas y de lado, cuando, sin detenerse siquiera, fingía interesarse por un cartel con ofertas de hipotecas a bajo interés; alguien que la descubría en su juego, si, por ejemplo, se topaba con una cristalera que hacía ángulo obtuso con la acera y su imagen le salía al paso de frente y en movimiento; cuando avanzaba con andar resuelto y un tanto impostado, caminando hacia sí misma, con pretendida naturalidad, como si fuese al encuentro de otra, a veces de una vieja amiga que viniese en dirección contraria, a veces de una completa desconocida. Y había algo de teatral en ese caminar que le gustaba. Ella era, por unos instantes, la actriz de una función que recreaba un pequeño momento de su vida, y era también la espectadora; se desdoblaba hasta el punto de que esa mirada suya, puesta en sí misma sobre y desde el espejo, la arrancaba de la vida real para arrojarla a la dimensión de la ficción verosímil, le arrebataba su ser como persona para otorgarle la condición de personaje. Pero siempre había un punto en el que cruzaba por su mente la posible existencia de un tercero, ése que tal vez estaba realmente del otro lado del espejo, protegido por el cristal reflectante, oculto para poder ver sin ser visto, el voyeur que las miraba a las dos, a la actriz y a la espectadora, a la persona y al personaje. Entonces le sobrevenía el pudor, como si la hubiesen descubierto en un acto extremadamente íntimo, y desviaba la mirada del cristal para seguir su camino apresuradamente, con una cierta sensación de pérdida y desgarro, como si aquella vuelta repentina a la vida real hubiese sido el despertar de un sueño, en medio de una madrugada de luz plomiza, con la sensación de haberse echado apenas un minuto antes y de haber dormido tan sólo un instante.


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