La providencia quiso que me encontrase con Fernando aquel día, cuando venía de comprar una pistola para matarme. Le conté lo de Marta y el niño y lo de mi despido. Él me apuntó el nombre y el teléfono de un abogado. “Te conseguirá una indemnización”, dijo alargándome el papel. Yo lo leí y aplacé mi suicidio. El abogado me recibió cortés y me pidió que me sentara mientras él iba abriendo el expediente. Sobre su escritorio había una foto de una mujer con un niño. El niño, en bañador y metido dentro de un flotador, sujetaba un cachorro entre sus brazos.
- Bonita familia - dije.
Él sonrió mientras asentía sin abandonar su tarea.
- ¡Has tenido que comprarle también el perro!, ¿verdad?
La sorpresa le hizo levantar la vista para encontrarse con el cañón de la pistola. Sólo dispuso de un segundo para entender quién le mataba y por qué.
No hay comentarios:
Publicar un comentario